AutismoPara quienes no lo sabían, 2009 es no solamente el Año Internacional de la Astronomía, sino también el Año de Darwin, que conmemora el 200 aniversario de su nacimiento y el 150 aniversario de la publicación de “El Origen de las Especies”, precisamente un 24 de Noviembre.

Aunque no había mencionado ese detalle en posts anteriores, si siguen este blog, ya debieron sacar la conclusión de que varios de los temas que he publicado se relacionan de alguna manera con la biología evolutiva, una rama de la biología descendiente directa de la ideas de Charles Darwin y ahora con su propia ramificación de disciplinas. Esa ha sido mi manera de celebrar el bicentenario del padre de la teoría de la evolución.

Precisamente uno de esos temas fue el cual en el que expliqué cómo es que la evolución nos ha heredado ciertos instintos sobre los que tenemos poco o nada de control, pero que nos ayudan a lidiar con el mundo que nos rodea o a interactuar con otras personas; como la habilidad de leer mentes. Y no se preocupen, si les interesa y se perdieron ese post, siempre pueden consultarlo en este blog.

Esta vez, a manera de pequeña comprobación de lo que expuse en esa edición sobre leer mentes, (y que conste que solo es una, ya que hay muchas, a diferencia de lo que dicen quienes se niegan a creer que como homínidos somos primos del mono) presento un ejemplo que prueba que la selección natural es sabia y si nos ha dado algo es porque ha funcionado bien hasta ahora. Aunque claro, no es perfecta, pero eso será tema de otra edición, ya que es como dicen, harina de otro costal.

El mundo de un autista
El ejemplo clásico (y que pueden probar por sí mismos si se lo proponen) de lo que pasa cuando perdemos la habilidad de leer la mente de otros es la condición del autismo. Producto de un desorden en el desarrollo del cerebro, cuando alguien es autista, esa persona está prácticamente “ciega de la mente”.  La gente con autismo encuentra difícil, sino es que imposible, hacer lo que instantánea y naturalmente podemos  hacer para interactuar con nuestros semejantes.

Para quienes no conozcan a algún autista, deben saber que dichas personas tienen dificultad a la hora de interpretar pistas no verbales como gestos o expresiones faciales, o adivinar lo que alguien más piensa, o entender otra cosa aparte del significado literal de las palabras. Su aparato de primeras impresiones (la parte que instintivamente nos dice si alguien nos cayó bien o mal) está literalmente deshabilitada. Así que sucede que analizando la forma en que un autista ve el mundo nos da una buena idea de lo que pasa cuando no podemos leer la mente de otros o, en otras palabras, lo que sucede cuando algo que la evolución nos ha dado falla o solo funciona a medias.

Para aclarar de una vez el punto, debo recalcar que un autista no es necesariamente alguien de baja capacidad consgnoscitiva, es decir, alguien coloquialmente conocido como tonto. De hecho, muchos autistas son inclusive más inteligentes que muchas personas “normales”.  Un autista básicamente tiene el problema cerebral de no hacer las conexiones instintivas relacionadas con las relaciones interpersonales. Literalmente, un autista es una persona que difícilmente sale de su propio mundo, producto del bajo o nulo desarrollo de la parte del cerebro que nos provee de la capacidad de discernir lo que otros piensan o sienten y actuar o pensar en consecuencia.

Dos hombres y un apagador
En un famoso y simple pero exitoso experimento, el doctor Ami Klin puso a un autista llamado Peter a ver una película. La película consistía en cuatro personas (2 hombres y 2 mujeres) platicando en un cuarto. Klin le puso a Peter un sombrero con una cámara que analizaba lo que veían sus ojos durante toda la película. De esta manera, el Dr. Klin podía trazar una línea que siguiera los puntos en las escenas en los que Peter centraba su mirada.

En una escena donde uno de los personajes le pregunta a otro quién hizo una pintura (de tres que había en la pared) señalándola con el dedo, una persona normal (es decir, sin autismo) vió primero al rostro del que preguntaba, luego a la pintura, luego al rostro del cuestionado y de regreso al del que preguntaba. Sin embargo, la línea de visión de Peter reveló que ésta comenzaba en el cuello del que preguntaba, pero en lugar de pasar a la pintura debido a que el personaje apuntaba hacia ella con su mano, la mirada de Peter pasó de pintura en pintura de las tres que había en la pared. Mientras Peter trataba de saber a qué pintura se refería el personaje, la conversación en la escena pasó a otro tema.

Por si esto fuera poco, en la mayoría de las escenas de conversación, la mirada de Peter no solo no veía hacia los rostros de los protagonistas, si no que se centraba en un apagador que se econtraba en la pared.

Imaginen ahora cómo puede ser la vida social de alguien que no tiene la capacidad de intuir a lo que se refiere su interlocutor a menos que le diga verbal, explícita y específicamente lo que desea comunicarle. Bienvenidos al mundo de un autista… y a una prueba más de que dependemos más de los instintos primitivos de lo que desearíamos aceptar.