El fin del mundo como lo conocemos

ApocalypsisYa había retrasado por mucho tiempo la continuación que prometí cuando escribí sobre la famosa Profecía del 2012. En dicho post simplemente expliqué cómo es que los susodichos “Apocalipsis” regresan cada tantas décadas (y a  veces solo cada unos cuantos años) y la gente olvida que la última vez no pasó nada y sigue creyendo en la que sigue.

Pero esta vez profundizaré no en la explicación de la tendencia de los humanos a olvidar aun con todos sus adelantos tecnológicos, si no en la necesidad tan arraigada en la consciencia humana mundial de tener que creer siempre en que el mundo se acabará y, peor aún, que el final siempre está cerca. Ya aquella vez había prometido investigar el tema y esta vez escribo sobre ello.

La resistencia de una necesidad primitiva

La realidad es que las teorías del final de los tiempos siempre han estado relacionadas con la religión. Casi todas y cada una de las religiones en el planeta tienen su propia versión del fin del mundo. Y esto es lo que me intrigaba publicar, pero no desde el punto de vista del origen religioso (después de todo, ese es sencillo), sino desde la perspectiva de que su permanencia y facilidad de esparcimiento en todo el mundo me hicieron razonar que las raíces de la necesidad de creer en el Apocalipsis es hasta cierto punto natural. Igual que la necesidad de creer en un Dios.

Así como la religión es el resultado práctico (al menos para quienes dirigen las religiones, claro) de la necesidad del cerebro humano de encontrar patrones donde no existen y de creer que él no tiene la culpa de todo lo que le pasa, la creencia en teorías del Fin del Mundo es resultado de la manera en que nuestro cerebro procesa la información sobre los eventos de nuestra propia y la vida de la humanidad en general.

Al parecer, una profunda necesidad humana es llenada por el sistema de creencias proféticas. Desde el punto de vista humano primitivo, las profecías le dan significado a la historia. Le da una especie de estilo dramático a los eventos históricos. Y ya saben cuánto le gusta el drama a la gente. Le da un orden a la experiencia humana. Necesitamos inicios y necesitamos finales.

De la misma forma, cada vez que se acerca un nuevo final, se puede relacionar casi directamente con los eventos de la época. Así, le da una especie de coherencia (al menos inventada, pero al fin coherencia en la mente humana) a los eventos que están pasando en esos momentos, política, social y tecnológicamente. Eso le ayuda a la gente a establecer una especie de plan maestro para lo que pasa, lo que para mucha gente (más de la que podemos imaginarnos) es reconfortante y les hace pensar que de alguna manera alguien más arriba tiene el control.

Apocalipsis en todos lados

Y es en esta parte que una necesidad se ayuda de otra para crear mil y una teorías del fin del mundo. Por un lado, la necesidad humana de encontrarle coherencia al tiempo y al mismo tiempo de creer que no son los únicos responsables se encuentra con la necesidad humana de encontrar patrones donde no existen.

Casi cualquier ejemplo de anteriores “fines del mundo” nos pueden ilustrar este principio. ¿Quién no recuerda el temor de que el anticristo era Sadam Hussein? O de que el el año 2000 las computadoras se volverían locas y todo el mundo sufriría el colapso tecnológico. O de que los extraterrestres han estado visitándonos y vigilando nuestro lento pero seguro progreso hacia la autodestrucción con sus marcas en los campos de trigo. O la más nueva, que los Mayas sabían el mundo llegará al final de un ciclo en el 2012.

Junto con lo anterior, la parte de la mente humana que encuentra patrones en donde no existen es la que ayuda a todos esos profetas a hilar eventos, personajes y objetos de manera que parecen coherentes y hacen pensar a la gente (que también tiene esa parte en su cerebro) que todo se relaciona coherentemente. Llámenle cábala, rueda de los katunes, libro del apocalipsis, o como sea.

De esta manera ahora resulta que el final de mundo parece no solamente religioso sino también científico. Las teorías del apocalipsis se alejaron de las escrituras para convertirse en “científicas”. Y noten bien las comillas. Ahora resulta que, para alcanzar a la audiencia más racional, el fin del mundo ya no solo es respaldado por la Biblia sino que según esto también por científicos y “expertos” en temas astronómicos e históricos. El chiste es echarle más leña al fuego.

El poder de su permanencia

Para quienes se preguntan cómo es que, a pesar de que cada vez se prueba que el final del mundo no llegó cuando todos decían, aun siguen creyendo en el siguiente, debemos tomar en cuenta dos puntos muy importantes: a la gente le gusta tener miedo y a otra gente le gusta que la gente tenga miedo.

Por irónico que parezca, una de las razones por las que los mensajes apocalípticos perduran es por el terror que inspiran. La visión del futuro que el mundo apocalíptico pregona es una muy aterrorizante. Pero aun así, combinado con el miedo viene un sentido de significado, y con ello la idea de que de alguna manera podemos escapar a los terrores que se avecinan. Y ahí es cuando las ideas como la de “El Rapto” se hacen importantes. A la gente le gusta tener esperanzas, y qué mejor esperanza que la de pensar que algunos cuantos se salvarán si siguen ciertas reglas.

¿Y saben para quien es aún mejor? Para quienes las inventa y las publicitan. ¿O qué creen que nadie gana nada de que la gente crea en que el el 2012 se acabará el mundo? En los últimos años se han publicado cientos si no es que miles de libros solamente sobre el tema en todo el mundo. ¡Y la gente los compra! Es más, ¡hasta yo compré uno! Claro el mío es más un recuento de en qué consiste la susodicha profecía desde un punto de vista hasta cierto punto de vista científico e histórico, pero igual y es uno de la bola.

El caso es que, de la misma forma que cuando todo el mundo se preocupa por que Kalimba esté detenido, cuando todo el mundo se preocupa por el cercano Apocalipsis deja de pensar en problemas mucho más actuales e importantes como la desnutrición infantil en países pobres (o hasta en el propio), la mala administración de los recursos públicos y muchos otros problemas reales y hasta con solución relativamente fácil.

Eso sí, a la gente le puede gustar asustarse, pero siempre les gusta también ver la luz al final del túnel. Muchas de las personas que creen en las teorías Apocalípticas las ven desde el punto de vista de R.E.M.: “It’s the end of the world as we know it, but I feel fine” (“Es el fin del mundo como lo conocemos, pero yo me siento bien”).