PersonalityHace ya algún tiempo, una persona me expresó que le molestaba que, cuando la acababan de conocer, muchas personas tendían a pensar que ella era como la compañía que acostumbraba, es decir, que era igual sus amig@s. Y, aunque muchos recordarán rápidamente el famoso dicho “dime con quién andas…” (y aunque pueden tener razón desde un punto de vista), de lo que esta vez escribo no es de la polémica sobre que “quien con lobos anda a aullar se enseña”.

Y no escribo sobre eso ya que, aunque en realidad explica en parte este tipo de casos, mis análisis van siempre más allá de lo que se considera el sentido común o cultura general. Esta vez expandiré los temas de los que anteriormente ya había publicado: nuestro instinto poco apreciado de leer mentes o de predecir el futuro de una relación sin haber analizado suficiente información al respecto.

La verdad es que muchas de las veces, y especialmente cuando tratamos con personas, la primera impresión cuenta mucho y puede decirnos más de lo que estamos acostumbrados a pensar que nos dice. Siempre ha existido la famosa frase que dice: “no juzgues a un libro por su portada”. Pero, la realidad es que SIEMPRE vamos a juzgar un libro por su portada, para bien o para mal así funcionan los humanos.

Y digo para bien o para mal porque con “la portada” no me refiero solamente a la apariencia física (es decir color de piel, forma de vestir y eso), sino también a esas partes de la persona que podemos notar consciente e inconscientemente desde la primera vez que las conocemos. Y a eso precisamente me refiero con que nunca dejaremos de juzgar por “la portada”.

Lo que podemos con lo que tenemos
El funcionamiento del cerebro humano es limitado. Puede ser la más poderosa máquina del planeta, pero debido a que no lo aprovechamos en todo su potencial (al menos no la mayoría de las personas), tiene que trabajar con sus limitaciones. Y una de esas limitaciones es que no puede procesar toda la información que debiera en todas las circunstancias. Igual que las computadoras, tenemos un límite de cálculos por segundo que podemos hacer. Y precisamente debido a eso es que la evolución nos ha dado atajos para poder lidiar con situaciones tan variadas como decidir sobre un auto y que nos caiga bien o mal una persona que acabamos de conocer.

Supongo que todos han tenido alguna vez esa sensación de “esta persona me cayó muy bien”, cuando solo intercambiaron una frase de saludo. ¿Cómo puede alguien pensar que alguien que acaba de conocer le cayó bien si sólo intercambió un “Mucho gusto”? ¿Qué no se supone que no podemos saber si una persona nos cae bien o mal si aun no al conocemos lo suficiente? ¿Qué no debemos juzgar a un libro por su portada?

Y no, no debemos, pero es lo que podemos hacer con lo que tenemos. Y la verdad es que, en muchos de los casos, funciona. No digo que en todos, que quede claro. Igual que el hecho de creer que existe Dios es resultado de un método cognitivo que evolucionó en nuestro cerebro para lidiar de la mejor forma que pudo con otros tipos de problemas (como huir de un posible lobo en medio del bosque oscuro), el sentir que conocemos cómo es una persona sin haber pasado mucho tiempo con ella también tiene sus fallas en ciertas situaciones o individuos.

La falacia de “pasa un tiempo con ellos”
¿Si tu jefe te pidiera que evaluaras a un candidato a un puesto en su empresa, cuál de las siguientes dos opciones escogerías? La primera: conocer a esa persona por una semana, haciéndote su amigo; o la segunda: estando media hora en su departamento sin que el candidato esté ahí o pueda opinar mientras analizas su hogar?

La respuesta que puede sonar lógica para la mayoría es la primera: para conocer a alguien hay que pasar considerable tiempo con ella y conocerla en distintas situaciones. Pero la realidad es que el sentido común en muchos casos no es confiable y se convierte en simple cliché. Y este es uno de ellos. Estudios psicológicos han demostrado que, para lo que es realmente importante conocer sobre una persona, quienes utilizaron el segundo método describieron mucho mejor la personalidad del dueño del departamento que los que se hicieron sus amigos para conocerlo.

Lo que esto nos indica es que, a pesar de lo arraigado que está la idea de que debes pasar mucho tiempo con alguien para conocerlo, la realidad es que la personalidad no es más que una serie de patrones que, si uno sabe distinguirlos, nos dicen mucho de una persona a la primera y sin necesidad de ocupar mucho tiempo en discernirlos. ¿Cómo? Debido a que los patrones son estables y, en la mayoría de los casos, son algo innato, es decir, genético.

Como ya lo he escrito varias veces, la mayoría de lo que somos es producto de la herencia, eso incluye las tendencias a desarrollar ciertos hábitos y estilos de personalidad. Y eso no lo podemos cambiar. O es muy difícil. Y aparte se nota en nuestra persona, consciente o inconscientemente. Nos demos cuenta o no, expresamos y mostramos partes de nuestra forma de ser en lo que decimos, como lo decimos, lo que hacemos y como lo hacemos. Y eso incluye desde cómo ordenamos las cosas en nuestro cuarto hasta qué cosas tenemos en él.

“No me conoces: no me juzgues”
Así que hay que dejar claro esto: juzgar no es un verbo despectivo solamente. Juzgar no es solamente encontrar “cosas malas”. Otra vez nos damos cuenta que la cultura general no es confiable. En su sentido más completo, juzgar es afirmar, después de comparar entre dos o más ideas, las relaciones que existen entre ellas. Así que, desde este punto de vista, CLARO que podemos juzgar a las personas cuando las conocemos. Y de hecho DEBEMOS juzgarlas desde que las conocemos. Pero debemos saber cómo hacerlo.

La mitad (si no es que más) de los problemas interpersonales de la gente existen debido a que no juzgaron (o no lo hicieron bien) a sus amigos, parejas o lo que sea desde las primeras veces que los conocieron. Si la evolución nos dio ese sentido de “este me cayó bien, y este mal” debe ser por algo.

No hay tiempo para todo
Como dije antes, la evolución hace lo que puede con lo que tiene. Y lo que puede es darnos atajos para discriminar entre la gente y saber con quiénes juntarnos y con quiénes no. O al menos eso nos dio pero con el tiempo se ha perdido entre las “enseñanzas” y la cultura de la civilización.

¿Por qué discriminar rápidamente? Porque no tenemos tiempo suficiente para conocer a mucha gente al mismo tiempo. Y como animales sociales, nos guste o no, dependemos de otros individuos de nuestra especie ya que vivimos en sociedad. Y es por eso que ese sentido de “juzgar sin conocer realmente” ha sobrevivido hasta nuestros tiempos: porque ha funcionado.

Si, lo acepto, no es la mejor forma (ya que no es infalible), pero es la que ha funcionado y solo por eso existe. En nosotros (o bueno, en los pocos de nosotros que comprendemos eso) está desarrollar otra mejor forma, o al menos mejorar la que existe. Claro que primero hay que saber cómo. Pero ya leen el Raptor Blog. Y eso ya es ganancia. Sigan así.

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