¿Por qué creemos en Dios(es)?

Dioses

El primer principio es que no debes engañarte a tí mismo; y tú eres la persona más fácil de engañar.
-Richard Feynman

Imagina que eres un homínido caminando por la sabana de un valle africano hace tres millones de años. Escuchas un crujido en el pasto. ¿Es solamente el viento o es un depredador asechando? Tu respuesta puede significar la vida o la muerte.

Si asumes que el crujido en el pasto es un peligroso depredador pero resulta que sólo era el viento, has cometido lo que se llama un error cognitivo de Tipo I, también conocido como un falso positivo, o creer que algo es real cuando no lo es. Es decir, has encontrado un patrón que no existe. Conectaste (A) el crujido en el pasto con (B) un depredador peligroso, pero en este caso A no está conectado a B. No pasa nada. Te alejas del crujido, te pones más alerta y cauteloso (o cautelosa, como diría Fox), y encuentras otra ruta hacia tu destino.

En cambio, si asumes que el crujido del pasto es sólo el viento pero resulta que es un depredador peligroso, has cometido lo que se llama un error cognitivo de Tipo II, también conocido como un falso negativo, o creer que algo no es real cuando sí lo es. Es decir, se te ha pasado un patrón real. Fallaste en conectar (A) un crujido en el pasto con (B) un depredador peligroso, y en este caso A estaba conectado a B. Eres almuerzo. Felicidades, te has ganado un Premio Darwin: ya dejaste de ser un miembro de la alberca genética de los homínidos debido a tu inhabilidad para sobrevivir.

Motor de creencias
Nuestros cerebros son motores de creencias; máquinas que evolucionaron para reconocer patrones que conectan los puntos y crean significado de lo que nos encontramos en la naturaleza. Algunas veces A realmente está conectado a B, algunas veces no. Cuando la asociación resulta irrelevante, aunque haya sido falsa, no daña a nadie. Sin embargo, cuando la asociación es real, hemos aprendido algo importante sobre el ambiente con lo cual podemos hacer predicciones que nos ayuden en la sobrevivencia y la reproducción.

En otras palabras, somos los descendientes de aquellos que fueron más exitosos encontrando patrones. Lo heredamos de nuestros ancestros.  Este proceso es llamado aprendizaje por asociación y es fundamental en todo comportamiento animal. Este proceso es llamado patronicidad (del inglés patternicity), o la tendencia a encontrar patrones significativos tanto en el ruido relevante como en el que no lo es.

Sin embargo, el problema es que calcular la diferencia entre un error de Tipo I y uno de Tipo II es difícil, especialmente en la fracción de segundo que determinaba la diferencia entre la vida y la muerte en nuestros ambientes ancestrales (en los cuales nuestros ancestros evolucionaron y existieron por millones de años), así que la posición por defecto es asumir que todos los patrones son reales: que todos los crujidos del pasto son depredadores y no solamente el viento.

Esta es la base para todo tipo de patronicidad, incluidas la superstición y el pensamiento mágico.

Todo tiene mente
Aunado a nuestra tendencia genética (es decir heredada de nuestros ancestros gracias a la evolución) a encontrar patrones en nuestro medio ambiente, nuestros cerebros homínidos sociales evolucionaron con la tendencia a también atribuirle agenticidad (ya sé que suena extraña esta palabra, pero no existe en español) a los patrones que reconocemos (sean reales o irreales), es decir que frecuentemente le atribuimos agencia o intencionalidad a los patrones que nos encontramos en la naturaleza, de modo que tendemos a creer que “alguien” o “algo” los controla hasta cierto punto conscientemente.

Ese algo, debido a nuestra tendencia también heredada a tratar de discernir la mente de otros, generalmente tiende a ser relacionado con un ente que tiene su propia mente, su propia intencionalidad. De igual forma que la patronicidad, la intencionalidad es asumida por defecto, sea esta cierta o solamente imaginada. Es decir, por default pensamos que una silueta en la noche puede ser alguien asechándonos… o algo vigilándonos.

En otras palabras, el origen del pensamiento religioso y la tendencia a creer que existe un agente que lo ve todo, lo sabe todo y lo controla todo (como Dios), es producto de la mezcla entre la patronicidad primitiva de nuestro cerebro y la tendencia del mismo a atribuirle intencionalidad a muchos de esos patrones, debido a nuestro cerebro no tan primitivo que evolucionó para relacionarse con otros individuos de nuestra especie de manera social. Y, si ya leyeron posts anteriores, ya deben saber por qué los cerebros humanos evolucionaron de manera que nos relacionáramos socialmente entre nosotros.

La evolución del pensamiento religioso
Ahora bien ¿cómo son la patronicidad y la agenticidad la base para que los humanos tengan la tendencia a creer en un ser supernatural que lo creó todo? La respuesta es simple: nuestra capacidad para aprender independientemente de que sea o no comprobable lo que aprendemos.

De la misma forma que nos alejamos de un ruido en el pasto o la oscuridad suponiendo instintivamente que puede ser un peligro, también reforzamos por instinto esa relación las veces que resulta verdadera. La misma tendencia a suponer por default que es un depredador nos hace suponer por default que la relación es real, y se convierte en aprendizaje. Cuando descubrimos que nuestra reacción instintiva nos salvó de un peligro sin haber estado seguros desde el principio de la reacción, guardamos en nuestro cerebro esa relación como si fuera un hecho de la vida, y lo aplicamos a las siguientes ocasiones con mucho más seguridad.

Así que, cuando a alguien en aquellos tiempos primitivos se le ocurrió relacionar los rayos y la lluvia con un ser invisible que los mandaba para su beneficio o perjuicio, aunque no tuvieran manera de comprobarlo, nuestros ancestros lo creían al ver que sucedía algunas veces como la creencia se lo hacía suponer. Si lo creían y no pasaba nada, nuestros antepasados simplemente olvidaban el hecho ya que no los perjudicaba mucho. Pero cuando los creían y pasaba, la creencia se reforzaba en sus cerebros. Y es lo mismo que pasa hasta en nuestros tiempos. Claro que ya le hemos agregado muchos más detalles.

Y esos detalles son lo que en nuestros tiempos, y ya desde hace muchos miles de años, es llamado religión. En otras palabras, Dios no necesita existir para que la gente crea en él. Y los pocos seres humanos que pueden evitar la tendencia instintiva a creer en él saben que lo más probable es que no exista. Pero, mientras la mayoría siga funcionando de la misma manera que sus ancestros (gracias a los cuales existen hoy en día para creer en Dios), “Dios” tenderá a existir.

Al menos en su imaginación.

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  • Dario Garcia

    Yo no soy ateo, ni religioso, pero creo en la energía fundamental del universo, no existe el yo, es un Todo. Creo que el problema surge a partir del nacimiento del vocabulario, todos los seres humanos son capaces de sentir esta energía pero como la humanidad emigró por todo el mundo con sus propios vocabularios, nació las distintas religiones, todas tratan de describir este sentimiento universal, esta energía, pero el aislamiento de distintos tipos de sociedad con el tiempo fue moldeando las distintas religiones y se alejaron del verdadero significado.

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