La delicia de lo dulce, lo salado y lo grasoso

Voy a decirles un “secreto”.

Lo escribo entre comillas ya que en realidad no es tan secreto. Si han seguido este blog aunque sea esporádicamente, podrán intuir que de una u otra forma ya he mencionado algo similar en publicaciones anteriores, ya que tiene que ver con esa palabra tan incomprendida hasta la fecha: evolución.

Y este es el secreto: la mayoría de lo que te gusta no te gusta por las razones que tú crees. De hecho muchas de esas razones ni siquiera son realmente razones. Y uno de los mejores ejemplos para ilustrar este principio evolutivo (aparte de las relaciones sexuales) es la comida que siempre se nos antoja: la comida chatarra.

Hace ya varios meses pedí en mi status de Facebook  que especialmente mis amigas mujeres contestaran por qué es que les gustan tanto las botanas chatarra, específicamente los antojos salados y enchilosos (ya saben, tostilocos, churros locos, dulces de tamarindo con chile, y todas esas chucherías aciditas que tanto deleitan al paladar femenino en particular).

Por el momento no es necesario delimitar este análisis al gusto femenino por esos antojos que son un ataque a su sistema digestivo. Para luego pasar a ese tema específico y directamente relacionado, esta vez primero debemos analizar el hecho de que existen tres tipos de alimentos que te gustan mucho con el simple hecho de que seas human@: lo salado, lo dulce y lo grasoso.

Todos lo sabemos. Casi todo el mundo lo da por sentado. ¿Pero en realidad por qué nos gustan tanto ese tipo de comidas?

La mayoría de las respuestas que la gente da a esta pregunta son las típícas “porque están muy buenas”, “porque nos produce placer comerlas”, o inclusive “porque por naturaleza a las mujeres nos gusta el chile (sin albur)”. Pero esas respuestas en realidad no contestan la pregunta, sino que solo nos hacen preguntarnos de nuevo por qué es que “nos causa placer” comerlas.

Y no me refiero a la respuesta técnica de cuál es el proceso específico que hace que nos sentir bien comiendo unas “papitas”. Obviamente en el proceso están involucrados nuestras papilas gustativas, los componentes principales de los lípidos (grasas) y la manera en que funciona nuestro sistema digestivo. Pero eso no es realmente importante para contestar el por qué esencial de nuestro afán por consumir productos que una y otra vez se han probado dañinos para nuestra salud a mediano y largo plazo.

La respuesta es simple: lo salado, lo dulce y lo grasoso nos gusta porque nuestro organismo lo necesita. ¿Entonces por qué nos hace tanto daño algo que necesitamos? La respuesta es simple de expresar pero algo menos simple de explicar: porque la evolución no se ha dado cuenta de que ya no es tan difícil conseguirlos.

La gran mayoría del tiempo que tiene viviendo nuestra especie homo sapiens (y nuestros ancestros antes que nosotros), la azúcar, las grasas y las sales fueron productos muy difíciles de obtener. Aunado a esto, los tres son alimentos esenciales para la supervivencia de nuestras células, por lo cual deben ser componentes esenciales de la dieta de casi cualquier animal, incluidos los humanos.

Durante millones de años, nuestros ancestros vivieron en ambientes y de maneras en los cuales era muy difícil conseguir tanto sales (obtenidas indirectamente por nuestro organismo de la carne animal), como azúcares (obtenidas de los frutos que tenían que recolectar diariamente), así como grasas (de igual forma obtenida del consumo de las presas cazadas y semillas recolectadas). Por esa sencilla razón, con el tiempo la evolución integró en los ancestros de los humanos (y subsecuentemente en nosotros) la necesidad de y el gusto por comidas ricas en sal, azúcar y grasas. Entre más nos gustaran, más nos interesaríamos por conseguirlas aunque fuera muy difícil hacerlo. O sea, no nos gustan proque disgrutemos comerlos… sino que disfrutarmos comerlos para que los comamos.

Pero, desde el descubrimiento de la agricultura y especialmente en esta era moderna, ya no es difícil conseguir esos preciados alimentos grasosos, salados y dulces. De unos siglos a la facha, es de hecho demasiado fácil atragantarnos con todos esos alimentos por los cuales nuestros ancestros tenían que esforzarse todo el día y todos los días para asegurarse la cantidad suficiente para sobrevivir.

Cuando para conseguir grasas antes los hombres de una aldea debían dedicarse a la caza casi todo el día, hoy simplemente debemos comprar aceite y carne en el supermercado. Cuando antes esa grasa solamente nuestro organismo la podía extraer de la carne que consumían nuestros ancestros, hoy esas grasas son extraídas de distintas fuentes gracias a la tecnología alimenticia. Y lo mismo sucede con las azúcares y las sales.

Casi todo el mundo hoy tiene a la mano la azúcar, la sal y las grasas que antes mantenían ocupados a nuestros ancestros todo el día para conseguirlos. En otras palabras: los tenemos e ingerimos en exceso y no nos damos cuenta.

Y lo que es peor: no necesitamos esforzarnos para quemarlos debidamente.

Lo que antes el ciclo natural de vida de nuestros ancestros lograba (quemar, con el trabajo de conseguir, la comida que se conseguía), hoy nuestra sociedad necesita lograrlo con un sustituto no muy apreciado por la mayoría: el ejercicio.

¿A quién le gusta ejercitarse? ¿A poco no la mayoría de nosotros toma el ejercicio como un mal necesario? Pues de hecho lo es. En palabras simples, el ejercicio es lo que en el mundo moderno debemos hacer para compensar el hecho de que ya no necesitamos salir a cazar nuestra comida y esforzarnos todo el día para recolectarla. Así de sencillo.

¿Por qué? Porque simple y llanamente la evolución funciona lentamente y, como lo he escrito ya varias veces, 10 mil años de civilización no son nada para los millones de años en los cuales nuestros ancestros vivieron de la misma forma y la forma de vida para la cual nuestros organismos están adaptados.

De hecho  ni siquiera para la biología de nuestra propia especie, homo sapiens, son nada esos 10 mil años de conseguir la mayoría de nuestra comida gracias al descubrimiento de la agricultura. Después de todo, ¿qué son 10 mil años de 200 mil que lleva existiendo el “humano moderno”?

Ahora ya saben por qué nos gustan tanto tres alimentos… y también ya saben por qué ahora se están convirtiendo en la causa de enfermedad y muerte principal en el mundo civilizado.