Las Endorfinas

Siguiendo con la serie de artículos sobre los químicos que nos mueven, esta vez nos ocuparemos del neurotransmisor con el que debí haber empezado esta serie: las endorfinas.

Pero ¿por qué debí haber comenzado con las endorfinas en lugar de la dopamina? Por una simple razón: las endorfinas existen para un propósito más específico que la dopamina: enmascarar el dolor físico.

En otras palabras, lo que nos mantiene siguiendo cuando realizamos algo que de una u otra forma nos beneficia, aun cuando nos duela realizarlo, esas son las endorfinas haciendo su trabajo.

Quienes se ejercitan recorriendo la pista de su unidad deportiva favorita lo llaman “euforia de corredor”; quienes acuden a su gimnasio religiosamente lo sienten en sus músculos cuando se acercan a la cúspide de las repeticiones de su rutina.

Lo puedes sentir de muchas formas cuando te esfuerzas físicamente por algo que deseas, pero al final es lo mismo: una conjunto de químicos que se “dedican” a evitar que sientas el verdadero dolor que sentirías, o que inclusive hacen que el dolor sea placentero, de modo que logres llegar a tu meta de esfuerzo.

De una manera similar a la dopamina, (pero mucho más específica ya que la dopamina nos ayuda a mantenernos en un objetivo por más tiempo), las endorfinas existen en nuestro organismo para ayudarnos a seguir haciendo algo que puede no gustarnos pero que es beneficioso para el organismo, como el ejercicio físico, el cual por cierto en realidad no existe por las razones que en la actualidad creemos.

Resulta que las endorfinas evolucionaron no para que aguantes en el gimnasio para estar en forma y se te vea bien el bikini y lo difundas en tu perfil de Facebook, sino para un propósito mucho más elemental: soportar el dolor de perseguir tu comida.

Correteando la chuleta

Nuestros ancestros no tenían supermercados a los cuales pudieran acudir en su auto, agarrar un carrito y llenarlo de alimentos. Por cientos de miles de años (de hecho millones) nuestros ancestros tuvieron que salir casi todos los días a perseguir (literalmente) el alimento más preciado y necesario (aunque los vegetarianos piensen lo contrario): la carne.

Si el dolor del esfuerzo de buscar, perseguir y cazar a sus presas los hubiera detenido desde el principio, nuestros ancestros no hubieran sobrevivido para dejar su progenie y en consecuencia permitirnos existir en la actualidad. Y para empezar las endorfinas fueron los químicos que les ayudaron a lograrlo evitando que el cansancio muscular fuera un obstáculo para sobrevivir.

Hoy no necesitamos perseguir a un venado para hacer un bistec ranchero para comer, pero la necesidad de hacerlo mantenía al mismo tiempo en forma a nuestros ancestros, lo cual les permitía ser exitosos en la caza… y viceversa. Así que por eso hoy el ejercicio es “un mal necesario”, ya que a falta de la necesidad de salir a ejercitarnos de manera práctica, lo tenemos que hacer como una actividad aparte.

¿Quieren otra prueba de esto? Solo pregúntense ¿por qué se puede desarrollar la necesidad de ejercitarnos? ¿Por qué creen que los aficionados al ejercicio llegan al punto de sentir que no pueden estar a gusto sin sus rutinas diarias o semanales?

Simple: de la misma forma que con la dopamina, a la evolución le convino más que nuestros ancestros no solo buscaran comida cuando ya les diera hambre,  sino también cuando se pudiera, ya que no siempre habría presas o vegetales disponibles.

Así, seguro que no todos nuestros ancestros salían a buscar comida nada más cuando la necesitaban, sino que también por la afición misma de sentir la “euforia del cazador”. Esto hizo que quienes por medio de las endorfinas aguantaban más el esfuerzo o inclusive lo sentían como placer, sobrevivieron y lograron pasarnos esos genes “necesitados de ejercicio”… aunque también nos pasaron los “necesitados de descanso”, que parecen ser los que en estos tiempos imperan.